viernes, 11 de agosto de 2017

"Autopiloto" - /r/NoSleep

[HISTORIA ORIGINAL por /u/Skarjo]


¿Alguna vez te has olvidado el móvil?

¿Cuándo te percataste de que lo habías perdido? Supongo que no te golpeaste la frente y exclamaste “maldita sea” sin venir a cuento. La realización probablemente no floreció de manera espontánea. Más probablemente lo que sucedió es que fuiste a coger tu teléfono, palpaste tu bolsillo o bolso, y sentiste una confusión momentánea al notar que no estaba allí. Entonces fue cuando comenzaste a repasar paso por paso todos los eventos acontecidos esa mañana.

Mierda.

En mi caso la alarma de mi móvil me despertó como de costumbre, pero me di cuenta de que la batería era más baja que de costumbre. Era un teléfono nuevo y tenía la molesta manía de dejar las aplicaciones ejecutando durante toda la noche, lo que dejaba la batería seca. Así que enchufé el cargador antes de ir a ducharme, en vez de meterlo directamente en mi bolsa como era lo usual. Una vez en la ducha mi cerebro volvió a “la rutina” que sigue cada mañana, y eso fue todo.

Olvidado.

Esto no es porque yo sea torpe, tal y como pude investigar más tarde; sino que se trata tan solo de una función cerebral reconocida. Tu cerebro no solo trabaja a un nivel, sino que trabaja en muchos a la vez. Es como cuando vas caminando: piensas en llegar a tu destino y en evitar los obstáculos, pero no te hace falta pensar en cómo tienes que mover las piernas. Si ese no fuera el caso el mundo se convertiría en una hilarante convención masiva de cosplays de QWOP. No estaba pensando en regular mi respiración, estaba pensando en si iba o no a comprarme un café de camino al trabajo (lo cual hice). No estaba pensando en hacerle paso a mi desayuno a través de mis intestinos, estaba pensando en si llegaría a tiempo a recoger a mi hija Emily de la guardería o si por el contrario acabaría haciendo horas extras en el trabajo. Ahí está el truco: hay un nivel de tu cerebro que se ocupa de la rutina, para que así el resto pueda pensar en qué otras cosas has de hacer ese día.

Piénsalo. Piensa en tu último viaje en metro. ¿Qué recuerdas de él? Poco, probablemente nada. Los viajes más comunes se difuminan todos en uno mismo, y está comprobado científicamente que intentar recordar uno en específico es muy complicado. Haz algo un número mínimo de veces y se convertirá en rutina. Sigue haciéndolo y el cerebro dejará de procesarlo, relegándolo a esa parte del mismo dedicado a lidiar con la rutina. Tu cerebro seguirá haciéndolo pero tú no pensarás en ello. Pronto pensarás en la ruta del trabajo a casa tanto como piensas en mantener tus piernas en movimiento mientras caminas. Lo que se traduce en nada.

La mayoría de la gente lo llama autopiloto. Pero ahí yace el peligro. Si la rutina se rompe, tú capacidad para recordar y asimilar aquella interrupción será tan buena como lo es tu habilidad para detener a tu cerebro de reanudar el modo rutina. Mi habilidad para recordar que mi teléfono se hallaba en la encimera es tan fiable como mi habilidad para detener que mi cerebro vuelva a entrar en el modo “rutina matutina”, la cual dicta que mi móvil está en la bolsa. Pero no detuve a mi cerebro. Me metí en la ducha como de costumbre. La rutina continuó. Excepción olvidada.

Autopiloto activado.


Mi cerebro retornó a la rutina. Me duché, me afeité, la predicción del tiempo de la radio anunció un tiempo maravilloso, le llevé el desayuno a Emily y la metí en el coche (estaba tan adorable esa mañana; se quejó del “sol malo” que la cegaba, alegando que no le permitía tomar la siesta de camino a la guardería) y me puse en marcha. Esa era la rutina. No importaba que mi móvil estuviese en la encimera, cargando en silencio. Mi cerebro estaba centrado en la rutina y según la rutina mi teléfono estaba guardado en mi bolsa. Es por eso que olvidé el móvil. No por torpeza. No por negligencia. No se trataba de nada más que mi cerebro entrando en el modo rutina y reescribiendo sobre la excepción.

Autopiloto activado.


Salí a trabajar. El calor era sofocante. El sol malo había estado quemándome desde que mi ausente y traidor móvil me había despertado. El volante ardía al tacto cuando me senté. Creí escuchar a Emily cambiándose de asiento y apartándose de mi vista. Pero tenía que ir a trabajar. Entregué mi informe. Atendí a la reunión matutina. No fue hasta que estuve en mi descanso y fui a coger mi teléfono cuando la ilusión se deshizo en mil pedazos. Hice un repaso mental. Recordé la batería casi vacía. Recordé ponerlo a cargar. Recordé dejarlo ahí.

Mi móvil estaba en la encimera.

Autopiloto desactivado.


De nuevo, ahí yace el peligro. Hasta ese momento, hasta aquel instante en el que vas a coger tu teléfono y rompes el espejismo, aquella parte de tu cerebro seguía en modo rutina. No hay ningún motivo para cuestionar los hechos de la rutina; es por eso que se llama rutina.

Repetición por desgaste. Cualquiera que te diga “¿por qué te olvidaste el teléfono? ¿Por qué te pasó a ti? ¿Cómo puedes haberte olvidado? Eso es porque eres descuidado”; es que no lo entiende. Mi cerebro me estaba diciendo que la rutina estaba completa como de costumbre, aunque ese no fuera el caso. No es que yo me hubiera olvidado el móvil. Según mi cerebro, según la rutina, mi teléfono estaba en mi bolsa. ¿Por qué iba a cuestionarlo? ¿Por qué iba a comprobarlo? ¿Por qué iba de repente a recordar, sin venir a cuento, que mi teléfono estaba en la encimera? Mi cerebro estaba conectado a la rutina, y la rutina dictaba que mi teléfono estaba en mi bolsa.

El día continuó, caldeante. El sol matutino dio paso al implacable, febril calor de mediodía. La carretera burbujeaba. Los rayos de sol amenazaban con agrietar el pavimento. La gente cambiaba sus cafés por granizados. Chaquetas descartadas, mangas enrolladas, corbatas aflojadas, gotas de sudor en la frente. Los parques se llenaban lentamente de barbacoas y personas que acudían a tomar el sol. Los vidrios de las ventanas amenazaban con derretirse. Los termómetros continuaban subiendo. Gracias a Dios que teníamos aire acondicionado en las oficinas.

Pero, como siempre, el bochorno del día se rindió y dio paso a una tarde más fresca. Otro día, otro dólar más. Todavía maldiciéndome a mí mismo por olvidarme el teléfono, conduje de vuelta a casa. El calor diurno había horneado el interior del coche, liberando una horrible fetidez proveniente de algún lado. Cuando llegué a la entrada de coches de mi casa las piedras del camino se aplastaron confortables bajo mis ruedas, y mi mujer me dio la bienvenida desde la puerta principal.

—¿Dónde está Emily?

Joder.

Como si lo del móvil no hubiera sido lo suficientemente malo. Después de todo resulta que me había dejado a Emily en la puta guardería. De inmediato aceleré, de vuelta a la guardería. Llegué a la puerta, ensayando una excusa, preguntándome en vano si podría usar mi encanto para evadir la cuota de tiempo extra. Me percaté de una nota pegada sobre la puerta.

Debido a un episodio de vandalismo sufrido durante la noche, les pedimos que hagan el favor de entrar por la puerta trasera. Solo por hoy”.

¿Durante la noche? ¿Qué? Pero si la puerta estaba bien esta maña…

Me quedé congelado. Las rodillas me temblaban.

Vándalos. Un cambio en la rutina.

Mi teléfono estaba en la encimera.

Yo no había estado allí esa mañana.

Mi teléfono estaba en la encimera.

Había pasado de largo en el coche porque estaba tomándome un café. No había dejado a Emily.

Mi teléfono estaba en la encimera.

Se había cambiado de asiento. No la vi por el retrovisor.

Mi teléfono estaba en la encimera.

Se había quedado dormida por culpa del sol malo. No dijo nada cuando pasamos la guardería de largo.

Mi teléfono estaba en la encimera.

Ella había cambiado la rutina.

Mi teléfono estaba en la encimera.

Ella había cambiado la rutina y a mí se me había olvidado dejarla.

Mi teléfono estaba en la encimera.

9 horas. En aquel coche. Bajo el sol abrasador. Sin aire. Sin agua. Sin poder. Sin ayuda. Ese calor. Un volante tan ardiente que no se podía apenas tocar.

Ese hedor.

Caminé hasta la puerta del coche. Entumecido. En shock.

Abrí la puerta.

Mi teléfono estaba en la encimera y mi hija estaba muerta.

Autopiloto desactivado.

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