sábado, 12 de agosto de 2017

"He estado recibiendo cartas extrañas de la prisión" - /r/NoSleep

[HISTORIA ORIGINAL por /u/AHarmonRights]

Tal vez me vi con la guardia baja debido a que eran las tres de la tarde cuando él apareció. Llamó a la puerta con una suavidad impropia de un hombre de su estatura. Era robusto, medía un metro noventa, de hombros anchos y grandes nudillos peludos. Cuando le pregunté en qué le podía ayudar, él sacó del bolsillo interno de su abrigo un sobre que después me tendió. ¿Quién se pone abrigo en pleno Agosto? Tomé el sobre y lo miré. Estampados sobre él había varios sellos con información del Centro Correccional de St. Louis. Una carta de la prisión. Fantástico. Yo no conocía a nadie que estuviera en prisión. Entonces me percaté de un post-it sujeto con un clip en la cara trasera del sobre. Leía:


Por favor, permita al mensajero estar presente durante la lectura de esta carta.

Miré al talludo hombre que tenía sobre mi porche. Aunque era grande no tenía una pinta amenazante. De hecho, su sonrisa sosegada me hizo pensar que era un tipo amigable. Le pregunté si tenía alguna idea del contenido de la carta, o si su presencia era realmente necesaria durante la lectura de la misma, pero él se limitó a encogerse de hombros y gesticular en dirección al vestíbulo. Asentí y le invité a pasar.

Nos sentamos el uno frente al otro en la mesa de la cocina. Le ofrecí un café, pero el sacudió la cabeza en silencio. Tras echarle una última mirada, pelé el precinto del sobre y saqué de él una carta de diez páginas escritas con una letra apresurada sobre papel amarillo a rayas. La carta comenzó así:

Usted no me conoce. Muy probablemente jamás lo hará. Estoy en el pasillo de la muerte del Centro Correcional de St. Louis. Me encerraron aquí por asesinar a mi mujer y a mis dos hijos. Lionel tenía 3 años. Macie solo tenía 6 meses. Yo los quería con todo mi corazón. Pero los maté. Primero y ante todo, lo admito. Me odio a mí mismo y por ello me pudriré en mi celda, torturado por las imágenes de mis puños goteando su sangre. Permítame que le cuente mi historia.

Volví a mirar al enorme hombre con un obvio disgusto dibujado sobre mi rostro. Su sonrisa serena no vaciló. Me levanté a echarme un vaso de agua y luego reanudé la lectura. El autor de la carta, cuyo nombre resultó ser Fitz Willard, llevaba dos semanas encarcelado y había comenzado a trabajar en la carta tan pronto como tuvo acceso a los materiales de papelería necesarios. En ningún momento explicó cómo había conseguido mi dirección o por qué me escogió a mí para compartir su historia. Pero su historia era brutal.

Fitz Willard juraba estar maldito. Mi primer instinto fue asumir que sufría de esquizofrenia, pero este mismo aclaró que le habían hecho pruebas y que estas habían resultado ser negativas. Insistía en que había un espíritu demoníaco ligado a él. El espíritu lo hostigaba, torturándolo constantemente. Le susurraba cosas obscenas al oído cada noche cuando se iba a dormir. Aparecía en su reflejo cada vez que pasaba por delante de un espejo. Este demonio le sugería crueldades incesantes, llenando la mente de Fitz con inseguridades, fobias e ideas siniestras. El día a día de Fitz se vio plagado de continuos comentarios sobre las debilidades del ser humano, la fragilidad de la carne y la libertad de la sangre. Las reuniones de trabajo se vieron ensordecidas por chillidos demoníacos. El espíritu le siseaba cosas terribles sobre cada persona junto a la que pasaba por la calle.

Lo peor, sin embargo, eran los pensamientos que el demonio tenía sobre la familia de Fitz. Decía que su mujer era una zorra. Que sus hijos eran unos bastardos desagradecidos. El demonio le decía a Fitz que su familia no lo apreciaba, que su mujer le ponía los cuernos, que sus hijos no lo soportaban. Que Fitz jamás sería capaz de mantenerlos. Que su casa era una pocilga. Que sus ropas eran harapos. Que todo por lo que Fitz había conseguido durante toda su vida a base de trabajo duro era, a lo sumo, un patético chiste.

Durante diez páginas, Fitz Willard enumeró las atrocidades que habían conseguido reptar hasta su psique. Cada noche le despertaban docenas de pesadillas. El demonio hacia parpadear las bombillas al tiempo que Fitz pasaba por debajo de ellas. Hizo que el agua de la bañera saliese roja como la sangre. Las moscas se amontonaban sobre los espejos. Y las sugerencias del demonio se tornaron más y más furiosas. Empezó a hacer exigencias. Amenazas, incluso. Hasta que un día Fitz se rindió. Se rindió sobre el cráneo de dos niños pequeños con sus manos cerradas en un puño para luego estrangular a su mujer de hacía ocho años con tal fuerza que le fracturó las vértebras del cuello.

Así fue como terminó la primera carta. El talludo hombre se incorporó y asintió con la cabeza en silencio. Yo le acompañé hasta la puerta. No hace falta que os cuente lo agitado que yo estaba. ¿Por qué iba nadie a decidir compartir una historia así de terrible conmigo?

Segundo día. El hombre alto apareció en mi puerta otra vez a las tres del mediodía, y cuando le abrí me entregó la segunda carta. Por muy tocado que me hubiese dejado la primera, aquella noche mientras veía la televisión había sido incapaz de quitármelo de la cabeza. Tome la segunda carta y volví a acompañar al mensajero hasta la cocina. Necesitaba saber más.

¿Qué palabras usaría para describir la naturaleza de la segunda carta? Oscura. Retorcida. Desesperada. El papel de rayas amarillo estaba plagado de dibujos desamparados de figuras acurrucadas contra una esquina y de diminutos cuerpos que descansaban sobre piscinas de grafito gris. Unas manchas emborronadas de grafito daban la impresión de que los garabatos estaban sumidos en las sombras. La segunda página era tan solo un enorme dibujo: el rostro de una mujer contraído por el sufrimiento. Su mandíbula yacía descolgada y de la garganta le salían gusanos. En su pelo había arañas y de sus ojos corrían lágrimas. Se agarraba el rostro con las manos, tenía las uñas profundamente clavadas en sus mejillas.

En la segunda carta pude conocer el nombre del demonio — Grimmdeed. Grimmdeed el Atormentador. A menudo alzaba la vista para echarle un vistazo al hombre que tenía sentado frente a mí. ¿Era él conocedor de la terrible historia que yo estaba leyendo? ¿Y por qué era tan importante que él estuviese presente al momento de yo leerla? Su amable sonrisa nunca flaquecía ni se desvanecía, y sus ojos escaneaban la cocina ociosos.

Fitz me describió su descenso a la locura. La lacrimógena llamada que hizo al 911 al tiempo que se encontraba de pie junto a los cuerpos sin vida de su familia. Me habló del juicio y de como, incluso en el juzgado, Grimmdeed se sentó detrás de él en la mesa de la defensa soltando barbaridades sobre todos los presentes. Al final del juicio Grimmdeed exigió a Fitz que cogiera la pistola del alguacil, y Fitz lo hizo. Esto le logró una paliza. Grimmdeed le dijo a Fitz que debía quedarse de pie en la puerta de la celda, gritando obscenidades y amenazas hacia los guardias. Esto le gano otra paliza aún más larga. Grimmdeed le dijo a Fitz que escupiera al juez al día siguiente durante el juicio y, puesto que la pobre conciencia de Fitz estaba ya más que oprimida por la influencia constante del demonio, así lo hizo.

La carta finalizaba con otro dibujo. Esta vez era la sala de un juzgado; los abogados yacían descuartizados y el juez ahorcado sobre su atril. Todo ello se había emborronado entre marcas de huellas sudorosas sobre el papel amarillo.

Al tercer día yo estaba sentado al final de las escaleras junto a la puerta, esperando a que dieran las tres en punto. El mensajero llegó justo a tiempo y, sin mediar palabra, nos dirigimos a la cocina. Él me pasó el sobre a través de la mesa y se sentó. Su sonrisa era más brillante de lo habitual aquel día. Por su comportamiento asumí que se trataba de la última.

Pelé el sobre y me senté a la mesa con un café humeante. En la tercera carta, Fitz me habló de sus días en prisión. Y como, incluso después de haber sido encarcelado, Grimmdeed el Atormentador continuaba atormentándolo. Describió lo lento que era el proceso de la pena de muerte, y que asumía que acabaría muriendo de viejo antes de que le fijaran una fecha para su ejecución. Llegados a este punto su letra se había convertido en un garabato casi ininteligible. Sus palabras eran frenéticas. Él era una rata atrapada en una jaula y pinchada constantemente por y para la cruel diversión de Grimmdeed el Atormentador. Hacía ya mucho que la salud mental de Fitz se había desvanecido por completo. Se dibujó a sí mismo esparciendo algo con sus manos sobre las paredes de su celda. Asumí que se trataban de heces. Fitz dijo que estaba pensando en mutilarse los oídos para así quedarse sordo y no tener que volver a escuchar los susurros de Grimmdeed. Las páginas amarillas estaban empapadas de lágrimas. Fitz se disculpó por ello.

Entonces, en la última página, apareció un destello de esperanza. Parecía como si hubiera pausado un momento para recomponerse y volver a escribir con más claridad. Las últimas líneas leían:

Grimmdeed ya se ha aburrido de mí. Ahora que estoy encerrado aquí no hay mucha maldad que él pueda hacerme. Me ha contado cómo puedo ponerle fin a la maldición. Bueno, no exactamente, la maldición nunca acaba. Se la tienes que pasar a otra víctima. Por eso te escribo. Para poder pasártela a ti. Pero, puesto que todavía me queda un hilo de humanidad, tendré el decoro de explicarte cómo se hace. Para que alguien sufra la maldición de Grimmdeed has de hacer lo mismo que yo hice: invitarlo a tu casa tres veces.

Se me congeló la sangre. No me atreví a respirar cuando alcé la mirada de la firma burlona de Fitz para encontarme con los ojos del enorme hombre fijos en mí. Sus ojos eran un infinito pozo negro. Su sádica sonrisa era más amplia que nunca.

—Préndele fuego a la carta—exigió Grimmdeed.

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