viernes, 11 de agosto de 2017

"Mi amiga Emma" - /r/NoSleep

[HISTORIA ORIGINAL por /u/xLightfyre]

Emma Bradbury es la primera amiga que recuerdo haber tenido. Vivíamos a unas manzanas de distancia la una de la otra e íbamos a la misma clase de primero. En nuestro primer día de colegio, durante el recreo, la vi jugando con unas figuritas de My Little Pony. Le pregunté que si podía jugar con ella, y ella me contestó que sí. Nos divertimos haciendo galopar a los ponis y viviendo aventuras imaginadas. Pronto nos convertimos en mejores amigas, y así continuamos durante toda la primaria. Jugábamos la una en casa de la otra todos los días, hacíamos pijamadas, nos disfrazábamos a juego para ir a pedir caramelos en Halloween y estábamos en el mismo equipo de natación del barrio. Ambas éramos hijas únicas así que mis padres bromeaban y decían que parecía que tenían dos hijas en vez de una porque siempre estábamos juntas. Mi padre llamaba a Emma “pequeño girasol” porque tenía una preciosa melena rubia, una sonrisa radiante y la risa muy contagiosa.

Una tarde soleada de principios de Junio, cuando yo tenía 9 años, Emma y yo estabamos saltando en un trampolín en su patio trasero. Su madre salió y me aviso de que mi padre estaba al teléfono. Se me cayó el alma al suelo cuando escuché decir a mi padre, en un tono agudo e impropio de él:

—Brenna, ven a casa. Ahora mismo. A mamá le ha dado un infarto.

Arrojé el teléfono y salté fuera del trampolín. Sin decirle una palabra ni a Emma ni a su madre de lo sucedido, me apresuré a la puerta trasera y corrí calle abajo hasta llegar a mi casa. Lloraba al tiempo que corría, las lágrimas abanicadas de mis mejillas por la suave brisa veraniega. Mi madre siempre había padecido de problemas cardíacos. Tuvo un infarto cuando yo tenía 3 años pero se recuperó rápidamente. Tenía la esperanza de que esta vez hubiera sido igual. En el momento en que di la vuelta a mi calle, vislumbré una ambulancia frente a mi casa destellando su familiar luz roja. Dos hombres uniformados se llevaban a mi madre en una camilla. Ella se hallaba tumbada, quieta y pálida como un fantasma, su cara cubierta por una gigantesca máscara de oxígeno. Corrí hasta la entrada y me lancé a los brazos de mi padre. Él me abrazó y me aseguró que todo iba a ir bien, que ella era fuerte. Pero en cierta forma yo ya sabía que eso no era verdad. Nos metimos en el coche y seguimos a la ambulancia hasta el hospital. Cuando llegamos allí, un médico nos informó de que había sido pronunciada muerta durante el trayecto en ambulancia.

Aunque recuerdo este día muy claramente, mis recuerdos del funeral son borrosos. Todo lo que recuerdo es quedarme mirando un ataúd adornado con una corona de flores amarillas (el color preferido de mi madre) mientras todos a mí alrededor lloraban. Emma y sus padres estaban allí. Ella me cogió de la mano mientras observábamos al ataúd ser bajado a la tierra. Nuestros vecinos nos trajeron a mi padre y a mí comida y flores, además de peluches para mí. Les di las gracias por educación, pero yo era incapaz de sentir gratitud. No podía sentir ninguna emoción en absoluto — estaba completamente entumecida. Me pasé la mayor parte del tiempo encerrada en mi cuarto, tumbada bocarriba observando el techo. Perdí el interés en todo. Emma trató de conectar conmigo, a menudo me invitaba a su casa a jugar pero yo la ignoraba. No acudí a ninguna de nuestras reuniones de natación. Pasé el resto del verano en mi cuarto, ya fuera viendo la tele o llorando.

Mi padre también se volvió muy introvertido tras la muerte de mi madre. Tan solo unas semanas después de lo sucedido se construyó un despacho en el sótano. Allí hizo una especie de altar para mi madre, lleno de fotos y más fotos de ella. Comenzó a trabajar desde casa y casi nunca salía del despacho, dejándome a mí, a una niña de 9 años, enfrentarse al duelo completamente sola. Empezar cuarto curso fue difícil sin mi madre. Emma y yo seguíamos estando en la misma clase. Volví a pasar tiempo con ella, y esta me apoyó muchísimo durante esa época. Se sentaba junto a mí en clase, y era tan gentil y paciente conmigo... En nuestro tiempo libre coloreábamos, leíamos o jugábamos con los ponis.

Mi profesora estaba informada de lo sucedido y se me permitía abandonar la clase para ir al despacho del orientador en cualquier momento en que lo necesitase. En resumen, no me lo pasé mal en cuarto, pero no saqué tan buenas notas como antes, y a veces durante las lecciones me entraba una tristeza tan grande que tenía que apoyar la cabeza sobre la mesa.

Las navidades de ese año fueron bastante deprimentes. Invitamos a familiares a casa, pero en su mayoría se limitaron a sentarse alrededor de la mesa y a llorar. Llegados a cierto punto me fui a mi habitación para no volver a salir durante el resto del día. El Febrero siguiente llegó mi cumpleaños, y mi padre se olvidó por completo. No me dio ni un solo regalo. Unas semanas más tarde, Emma me sorprendió con un enorme poni rosa de peluche. Había estado ahorrando su paga para poder comprármelo. Bauticé al poni como “Bola de Chicle” y dormí con él todas las noches. Todavía lo tengo. Empecé a pasar muchísimo más tiempo en casa de Emma. Prácticamente vivía allí. Sus padres a menudo nos llevaban a comer fuera o al cine, sabiendo lo sola que yo estaba. Entonces Emma se enteró de un lugar donde se practicaba monte a caballo, y le suplicó a sus padres que la llevaran a tomar lecciones. Tras muchos ruegos ellos cedieron. Yo también le pregunté a mi padre si podía tomar lecciones. Él accedió a pagarlas, pero los padres de Emma eran los que siempre nos llevaban allí en coche. Siendo tan amante de los caballos y ponis como lo era yo, de inmediato me enamoré de montar. Era más difícil de lo que yo pensaba y me suponía un reto. Terminaba cada lección agotada, pero feliz y libre de estrés. Emma y yo aprendimos a hacer a los caballos trotar, galopar y saltar pequeñas vallas. Aquel verano volví a participar en el equipo de natación. Con esos dos deportes manteniéndome ocupada, volví a sentirme yo misma de nuevo.

Fue durante ese mismo Octubre cuando Emma desapareció. Recuerdo aquel día vívidamente. Mi padre me despertó agitándome, su alarma no había sonado y por lo tanto no me había levantado a tiempo para el colegio. Emma venía todas las mañanas a mi casa, y de ahí íbamos a la parada del bus juntas, la cual estaba justo calle abajo. Supuse que no había oído el timbre porque me había quedado dormida. Mi padre gruñó sobre tener que ir él a llevarme a clase a la vez que me apresuraba a su camioneta verde oliva. No me acordaba de la última vez que me había conducido a ningún sitio. No dijo ni una palabra durante todo el trayecto, a excepción de un “que tengas un buen día” cuando me bajé. Ahora estaba en quinto curso, y en una clase distinta a la de Emma, pero aún así nos veíamos en el recreo. Era un bello día de otoño. Cuando caminé al patio ese mediodía, respiré el crespo aire y me maravillé ante el contraste de las brillantes hojas naranjas contra el despejado cielo azul. Miré en derredor en busca de Emma, deseosa de disculparme por no haberle abierto la puerta esa mañana, pero no la vi por ningún lado. Supuse que estaría mala o algo así y me fui con otros niños a jugar a la pelota.

Aproximádamente una hora más tarde llegué a casa y mi padre entró en mi habitación. Estaba hablando por teléfono.

—¿Brenna?—dijo, alejándose el teléfono de la oreja durante un segundo— ¿Hoy has visto a Emma?

—No—contesté.

Mi padre maldijo y abandonó la habitación. Mi estómago comenzó a encogerse producto de la ansiedad. Bajé las escaleras y me quedé junto a la puerta abierta del sótano, a la espera de que mi padre volviese a subir y me contase qué demonios estaba pasando. Unos minutos más tarde lo hizo. La llamada era de los padres de Emma. Había salido para el colegio esa mañana pero no había vuelto a casa, y el colegio la había registrado como ausente. Sus padres llamaron a la policía y se activó una alerta naranja. El programa que yo estaba viendo para intentar calmar mis nervios se vio interrumpido. Ver el nombre de Emma en letras rojas en la parte inferior de la pantalla me hizo temblar y romper en sudores fríos. Ya había visto varias alertas naranjas, pero jamás imaginé que vería una para mi mejor amiga. Fue aterrador.

La policía habló con todos en el vecindario. Nadie había visto ni oído nada sospechoso aquella mañana. Recuerdo un amigable oficial que habló conmigo y me preguntó si alguna vez había visto a algún extraño seguirnos a Emma y a mí o si alguna vez ella había hecho pellas. Los padres del vecindario estaban acongojados, y con razón. Todos comenzaron a acompañar a sus hijos a la parada del autobús, incluso si estos eran lo suficientemente mayores, o a llevarlos en coche. Mi padre no se molestó en hacer ninguna de las dos, argumentando que la parada estaba mucho más cerca de nuestra casa que de la de Emma y que no me pasaría nada. Aún así me dolió mucho que no estuviese preocupado por mí como lo estaban otros padres con sus niños. Me preguntaba si le importaría si yo desapareciera en lo más mínimo. Nuestro colegio impartió una charla sobre los peligros asociados con los desconocidos. Pensé que era bastante insultante hacia Emma: ella era lo suficientemente lista como para saber que no debía meterse en el coche de un extraño… ¿O no?

Dos meses más tarde la policía cerró el caso, ya que no habían encontrado ni una sola pista sobre lo sucedido a Emma. Dijeron que lo reabrirían de inmediato si aparecía cualquier información nueva, pero esta jamás apareció. Era como si hubiera sido tragada por un agujero negro de camino de su casa a la mía. Nunca más volví a casa de Emma — la atmósfera de aquel sitio era insoportable, con su madre llorando continuamente. Mi padre seguía ignorándome. Me sentaba sola en casa, a oscuras, enfadada con él por no importarle Emma y enfadada con Emma por haber desaparecido. Mi padre me envió a casa de mis abuelos por Navidad. No recuerdo nada de nada; solo que estaba cabreada porque la Navidad seguía celebrándose aún con Emma todavía desaparecida.

La primaria fue un infierno sin Emma. Fue entonces cuando me di cuenta de que ella había sido mi única amiga. Muchas de las chicas que había conocido en el colegio se convirtieron en malas perras mocosas. Yo era muy callada así que se metían conmigo. A menudo me empujaban por los pasillos, me decían que mi ropa era estúpida y se inventaban rumores sobre mí. Traté hacerme amiga de otras chicas de mi edad del barrio pero me dio la sensación de que yo no les gustaba, que tan solo me toleraban. Una noche estaba en una fiesta de pijamas en la casa de una chica llamada Britany, la cual vivía a dos puertas de distancia. Le oí a ella y a sus amigas cuchicheando sobre mí cuando pensaban que yo me había quedado dormida.

—Brenna es tan rara. Casi nunca habla. ¿Por qué la has invitado, Britany?

—No lo sé, mis padres me dijeron que estaba muy sola o algo así.

—Sí, creo que está fatal por lo de la desaparición de Emma.

—Emma probablemente huyó para no tener que soportar a la aburrida de Brenna.

Se oyeron jadeos ahogados seguidos de risitas. Apreté la cara contra la almohada, lágrimas rodaban por mis mejillas. Jamás volví a quedar con esas chicas. El acoso escolar fue a peor cuando comenzó mi periodo y me empezó a salir acné por toda la cara. Nadie quería sentarse conmigo a la hora de comer porque era “asqueroso”. Un chico incluso me lanzó un cartón de leche a la cabeza, y toda la cafetería se rió. Oí a una chica muy popular llamada Cassidy hablando con su amiga en voz baja, sentada detrás de mí:

—¿Conoces a la fea con granos esta de enfrente, Brenna?

—Sí, ¿qué pasa?

—¿No era la mejor amiga de Emma Bradbury?

—¿La chica que desapareció? Sí, qué bizarro. Todavía no saben lo que le pasó.

—Creo que el hecho de que Brenna tuviese una amiga es aún más bizarro—Cassidy se rió. El alma se me cayó al suelo al tiempo que su amiga soltaba otra risita.

—¿Crees que Emma siga viva?

—Por supuesto que no. Ya ha pasado un año. Probablemente se este pudriendo en el calabozo de algún friki.

Mi cuerpo se movió antes de que tan siquiera supiese lo que estaba haciendo. Me levanté, me giré y le pegué un puñetazo en la cara a Cassidy. Ella liberó un berrido y se llevó las manos a su sangrante nariz. La profesora vino corriendo y me mandó al despacho del director entre chillidos. Intenté explicarle al director que Cassidy había estado diciendo cosas horribles sobre Emma, pero este solo sacudió la cabeza y dijo “la violencia no es la solución”. Fui expulsada durante una semana. Llamaron a mi padre para que me recogiera. Él me gritó y luego nos fuimos a casa.

—Estaba en mitad de una conferencia telefónica del trabajo cuando tu director me llamó. Por el amor de Dios, Brenna, ¿no te enseñamos tu madre y yo a no pegarle a nadie? Más te vale que no vuelva a suceder.

Ese era el mayor número de palabras seguidas que mi padre me había dicho desde la muerte de mi madre. Cuando llegamos a casa, él se marchó de vuelta al sótano y cerró de un portazo. Yo me fui a mi habitación y me tumbé en la cama, sintiéndome demasiado vacía como para llorar. Mi vida ya no tenía sentido. Nadie me quería. De repente, mi mano rozó algo suave. Era Bola de Chicle, el enorme poni rosa de peluche que Emma me había regalado. Un oscuro pensamiento se arrastró por mi mente.

Si me moría tal vez podría ver a Emma otra vez.


Permanecí allí durante horas, apretando a Bola de Chicle contra mi pecho, debatiéndome en silencio si hacerlo o no. Alrededor de la medianoche, tomé mi decisión. Bajé por las escaleras hasta el baño y abrí el botiquín, rebuscando hasta que hallé las píldoras para dormir de mi padre. La etiqueta advertía no tomar más de dos a la vez. Me tragué el bote entero. De vuelta a mi habitación, me acurruqué junto a Bola de Chicle a la espera de que mi consciencia se desvaneciera.

—Mamá, Emma, os veré pronto—susurré.

De repente, un proyectil de vómito salió de mi garganta y se disparó sobre mi almohada. Mi estómago comenzó a dar espasmos, provocándome el vómito una y otra vez. Unos puntos negros flotaron en mi visión y lo inundaron todo, sumiéndome en una oscuridad total.

La primera cosa que vi cuando desperté fueron unas luces muy brillantes. Me pregunté si estaría en el cielo. Entrecerré los ojos para ajustar mi visión y aparecieron ante a mí luces fluorescentes sobre un techo blanco. Entonces me percaté de un sonido de “beeps” y vi la sonda intravenosa de mi brazo. Estaba en el hospital. Escuché una voz pronunciar mi nombre, y me volví para encontrarme a mi padre sentado junto a la cama. Cuando vio que estaba despierta, me rodeó con sus brazos, apretándome con fuerza y sollozando sobre mi hombro. Le temblaba todo el cuerpo.

—Brenna—se atragantó—. ¿Por qué lo has hecho?

—Quería ver a mamá—croé yo.

—Oh cielo—dijo mi padre—. Lo siento tanto. Es todo mi culpa. He sido un padre terrible. Yo… Te oí vomitando en tu dormitorio esta noche, y cuando llegué tenías la cara azul. Llamé al 911. Tu corazón casi se detiene en la ambulancia. Pensé que te perdería del mismo modo que perdí a tu madre...

Abracé a mi padre de vuelta, empapándole en lágrimas. Todo el resentimiento que había acumulado hacia él se derritió en aquel mismo instante. Volvía a tenerle conmigo.

Tras recuperarme físicamente pasé algún tiempo en un hospital psiquiátrico. No estaba nada mal. Un montón de médicos muy majos entablaban conversación conmigo, y conocí a muchos otros niños con problemas como yo. El día que volví a casa mi padre pidió comida china y alquiló una película para verla juntos. Comenzó a esforzarse mucho más por formar parte de mi vida. Los días laborales estaba ocupado con el trabajo, pero todos los findes me llevaba a algún sitio; a tomar helado, al cine, o a visitar a familiares. Seguí sin amigos durante el resto de la primaria, pero tener a mi padre de vuelta me ayudó a lidiar con ello.

Entonces, durante mi primer año de secundaria, conocí a Randy. Habíamos sido asignados compañeros de Biología en el primer día de clase. Mientras observábamos células bajo el microscopio tal y como nos había instruido nuestro profesor, entablamos conversación. Resultaba que Randy tampoco tenía ningún amigo: se acababa de mudar desde Minnesota debido al trabajo de su padre. Era bastante mono, con su pelo castaño alborotado, pecas y una sonrisa socarrona. Solté una risita cuando señaló que la célula que estábamos observando presentaba una forma fálica. Cuando el profesor nos dijo que la tiñeramos con tinte azul, Randy me susurró “pelotas azules” al oído. Casi me atraganto suprimiendo las carcajadas. Randy y yo pronto nos volvimos mejores amigos. Resulta que su barrio estaba tan solo a diez minutos en bici del mío. Empecé a ir a su casa muy a menudo. Tenía una familia fantástica y un beagle adorable llamado Skippy. Randy era un poco más extrovertido que yo, e hizo otros amigos en nuestra clase de Biología. Cuando hubo finalizado el primer curso yo ya tenía mi propio grupo de amigos. Celebramos haber sobrevivido nuestro primer año con una fiesta en el patio trasero de Randy, el cual tenía una piscina desmontable. Los padres de Randy eran muy enrollados y me dejaron pasar la noche allí un montón de veces aquel verano. Mi padre había vuelto a pasar mucho tiempo en su estudio otra vez — aunque parcialmente era mi culpa porque yo había estado mucho menos en casa desde que había conocido a Randy. Al contrario que la mayoría de gente, a Randy de veras le interesaba mi vida y lo que yo decía. Podría hablarle sobre cualquier cosa. Le hablé de mi problemático pasado y él se portó genial conmigo, apoyándome en todo momento. Su espíritu optimista me dio la esperanza que tanto había necesitado durante años.

Randy y yo comenzamos a salir juntos en nuestro último año de instituto. Ambos queríamos ir a la universidad de Minneapolis, de donde es Randy. Solo quedaban unos pocos meses para la graduación y me di cuenta de que necesitaba hablar con mi padre sobre el tema. Bajé a su estudio y llamé a la puerta con cautela. Hacía mucho de la última vez que tuvimos una conversación en condiciones, así que me sentía algo incómoda. Mi padre me dijo que pasara. Hacía años que no veía el estudio y no recordaba cómo era. Había una estantería, un escritorio con un ordenador y una impresora, y la pared del fondo estaba cubierta de estanterías con fotos de mi madre. Me pillaron de improvisto — hacía años que no veía una foto suya. Se me había olvidado lo guapa que era. Me senté con mi padre y le hablé de la universidad a la que quería ir y de los gastos de matriculación. Mi padre accedió a pagarlos.

—No puedo creer que ya casi seas una universitaria. Has crecido tan rápido—dijo con una sonrisa—. Tu madre estaría orgullosa.

Asentí con la cabeza, y en ese momento una de las fotos llamó mi atención. Salíamos yo, mi madre y Emma, cuando ambas todavía éramos niñas. Las tres estábamos sonriendo de oreja a oreja, sentadas en un tractor. Repentinamente me hallaba de vuelta en una tarde otoñal, de cuando tenía todavía 7 años. Mi madre nos había llevado a Emma y a mí a la feria del condado. Acariciamos a los ponis de la granja y le suplicamos a mi madre que nos comprara unas manzanas de caramelo. Suspiré y bajé la mirada.

—Emma debería estar graduándose conmigo—murmuré.

—Lo sé—dijo mi padre, también suspirando—. Siento tanto que no pudieran encontrarla.

—¿Sabes algo de sus padres?—le pregunté.

—Lo único que sé es que se divorciaron hace algunos años—dijo—. Creo que su madre se fue a vivir con su familia. La señora Jones, su vecina de al lado, me dijo que la salud mental de la pobre mujer se desvaneció tras la desaparición de Emma.

Asentí apenada.

—Bueno, quién sabe, tal vez siga allá afuera en algún lado.

—Eso espero—murmuré.

Mi padre acudió a mi graduación. Me saludó con la mano desde el público mientras el director me entregaba mi diploma. Sonreí y le devolví el saludo. Los padres de Randy nos premiaron llevándonos al Gran Cañón ese mismo verano. Adoré cada minuto de la experiencia. No me había ido de vacaciones desde la muerte de mi madre. El cañón era impresionantemente bello. Una mañana, Randy y yo nos sentamos afuera de la cabina que habíamos alquilado y observamos el amanecer. El sol iluminó los barrancos con hermosos tonos de rojo y dorado. Compartimos un beso apasionado. Nos pasamos el resto del verano preparándonos para la universidad. Estábamos tan emocionados. Escogí la carrera de medicina forense. No sabía por qué, pero había algo de ella que me atraía. Creo que una pequeña parte de mí lo hacía por Emma. Soñaba despierta con poder resolver el misterio de una desaparición, ya fuese para salvar a alguien o para ayudar a que la familia tuviera algún tipo de clausura.

La universidad resultó ser tan maravillosa como me la había imaginado. Randy y yo nos mudamos a un apartamento barato pero bonito en el campus. Nuestros amigos tenían envidia de las fotos que les mandábamos; a todos les tocaron habitaciones compartidas en residencias cutres. Mis clases eran muy interesantes e hice buenas migas con otros estudiantes de medicina forense. En ocasiones pensaba sobre aquella noche en la que había intentado terminar con mi vida y me sentía extremadamente agradecida de que hubiese fallado. De lo contrario me habría perdido todo esto.

Y entonces, un día, mi mundo se derrumbó. Vi la noticia mientras estaba sentada en clase. Era una aburrida clase de Inglés, una de esas asignaturas básicas que son requeridas para graduarse. Estaba mirando mi móvil bajo la mesa y decidí echarle un vistazo a la web de la CNN para ver si había alguna noticia interesante. Tan pronto como la página cargó, leí el titular:

NOTICIA DE ÚLTIMA HORA: Niña desaparecida desde hace ocho años es hallada sin vida

Mi corazón se petrificó como un bloque de hielo. Me obligué a permanecer en calma; podía ser cualquier chica. Emma no era la única desaparecida del mundo. Deslicé la página hacia abajo para leer el artículo.

El cuerpo sin vida de Emma Bradbury, desaparecida el 9 de Octubre de 2007 a la edad de 9 años en Greenstone, Carolina del Norte, ha sido hallado hoy después de que este cayera de la lona de una camioneta. El conductor, por ahora sin identificar, fue encontrado y arrestado por la policía de Greenstone poco más tarde. Todavía se le está interrogando, pero hasta el momento ya ha confesado que el cuerpo efectivamente pertenece a Bradbury. La causa de la muerte está aún por determinar, pero los oficiales creen que esta falleció durante las últimas 48 horas.

Corrí fuera de la clase en dirección al baño, donde caí de rodillas frente al váter y eché a vomitar. Apreté el borde del asiento con mis frías manos, temblando violentamente. Tras un rato conseguí arreglármelas para levantarme y andar de vuelta a mi apartamento. Llamé a Randy, quien estaba a punto de entrar a clase, pero yo le necesitaba ya. Acudió apresuradamente y me abrazó y meció mientras yo sollozaba en su pecho.

¿Por qué?lloré—. Ella debería haber ido al instituto con nosotros, ella debería estar en la universidad...

Lo séme consoló Randy, pero al menos ya no está sufriendo.

Me dio un beso la frente. Se quedó conmigo hasta que conseguí haberme calmado, y luego se marchó a clase. Me senté en el sofá mirando al infinito durante un rato, hasta que hube reunido el valor suficiente para comprobar mi teléfono en busca de actualizaciones. De repente este comenzó a sonar.

¿Diga?dije.

¿Es usted Brenna Rodgers?contestó una voz brusca al otro lado de la línea.

Sí, soy yo.

Miss Rodgers, llamo desde el Departamento de Policía de Greenstone. Me temo que tengo malas noticias.

Me quedé allí sentada, escuchando hablar al oficial. Empecé a temblar muy, muy fuerte. Apenas podía sujetar el teléfono.

Nosupliqué en un tono infantil. No, por favor, dígame que eso no es verdad.

Pero era verdad. Durante los siguientes días recibí todos los detalles a través de las noticias y de la policía. Mi padre se enfrentaba a cargos de secuestro, asalto y… más de cien cargos de violación. Había construido aquel muro de estanterías, capaces de oscilar para abrirse y con pestillos para asegurarlas. Tras ellas había una puerta de metal con un código de seguridad electrónico. Mi padre había creado una habitación diminuta, de 8x6, elaborada con capas cemento sobre capas de gomaespuma sobre más capas de cemento para así insonorizarla. En la mañana del 9 de Octubre de 2007, mi padre había recibido a Emma en la puerta de nuestra casa con la excusa de que yo quería enseñarle algo que estaba allí adentro. Entonces cerró la puerta detrás de ella y la dejó inconsciente con un paño empapado en cloroformo. La mantuvo en aquella celda durante ocho años, violándola todos los días. En el último día de su cautiverio, él le dejó una bolsa de plástico con comida, y a la mañana siguiente se la encontró con la bolsa atada al cuello en un aparente suicidio. La autopsia confirmó que murió ahogada.

Volé de vuelta a Carolina del Norte. Randy vino conmigo. Nos quedamos con su familia mientras hablábamos con la policía. Me enseñaron fotos de la celda. Eran tan, tan pequeña. Todo lo que había era un catre con una almohada, un váter, un lavabo y una pila de libros en una esquina. Había envoltorios de comida repartidos por todo el suelo. Una larga cadena de metal le rodeaba el tobillo y la mantenía fuera del alcance de la puerta. Mientras yo había estado haciendo amigos y yendo a sitios, Emma estaba justo debajo mis pies, sufriendo lo inimaginable. Mi padre apenas le había dado nada para hacer aparte de los libros. Estaba sinceramente sorprendida de que Emma no se hubiera suicidado antes. A mí tan solo me tomó un año desde su desaparición para sufrir de pensamientos suicidas. Ella había aguantado ocho años. Siempre fue más fuerte que yo. Era también muy optimista  seguro que tenía la esperanza de que alguien iría a rescatarla algún día. Pero nadie vino. Ella estaba justo en mi casa, durante todo ese tiempo, y yo jamás lo supe.

Acudí al funeral de Emma, el cual era de ataúd cerrado, y gracias a Dios. De acuerdo con los informes policiales ella ya apenas parecía una persona. Yo quise recordarla como la hermosa y sonriente niña que había conocido. No pronuncié ni una sola palabra durante todo el servicio. Me limité a sentarme rígidamente, con la mirada fija en el infinito. Su madre no estaba allí  había sido admitida en un hospital psiquiátrico justo después de recibir las noticias de lo sucedido a su pobre hijita. Su padre se negó a dirigirme la palabra o a mirarme a la cara. Era como si todo el mundo me culpase por nunca haber oído ni visto nada.

Hablé con mi padre una única vez más, por teléfono. Tan solo pronuncié tres palabras:

Papá. ¿Por qué?Necesitaba saberlo.

Lo siento, Brennadijo él, su tono era plano y carente de emoción. Tras la muerte de tu madre necesitaba alguien que me procurara placer. Emma era tan bella. Necesitaba tenerla.

Volví a la universidad y de algún modo me las apañe para terminar el semestre. El siguiente semestre me lo tomé sabático. Durante semanas apenas era capaz de salir de la cama. Mi vida ya no parecía real; me sentía como dentro de una bizarra película. El juicio de mi padre fue transmitido en directo por televisión. Lo sentenciaron a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional. Hubo una gran indignación pública porque no fuese la pena de muerte, pero yo opino que él debería quedarse sentado tras rejas durante el resto de su vida para así experimentar lo mismo que él le hizo pasar a Emma. Por alguna razón yo también sentí que debía ser castigada. Randy, mi terapeuta, mis amigos, mis familiares; todos ellos me repetían una y otra vez que no era mi culpa. Pero ella sufrió en mi casa, a manos de mi padre. Jamás podré superarlo.

He vuelto a ir a clase. Algunos días consigo atender, pero otros días no puedo. Sufro arrebatos de ira y la pago con los demás. Mi relación con Randy se ha visto afectada. No sé por cuánto tiempo más será capaz de aguantarme. Espero que me deje  se merece a alguien mejor. Todas las noches, cuando estoy tumbada y no puedo dormir lo único que veo es esa puta celda, esa cadena enganchada a la pared, esa puerta de metal tras las fotos de mi madre. ¿Cuántas noches se quedaría tumbada despierta, pensando que todos se habían olvidado de ella? Bueno, pues yo no me he olvidado de ti, Emma. Jamás lo hice. Tengo a Bola de Chicle sobre mi cama por ti. Voy a estudiar medicina forense, tal vez incluso derecho, por ti. Y jamás superaré el hecho de que no te pude ayudar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario